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Estremecimiento dominicanista

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Daniel Cruz

 

Nos resistimos a hablar de los libros que estamos leyendo. Nos resulta pedante y de mal gusto en un medio en que los lectores habituales son vistos como bichos raros. El prejuicio en su contra se esconde en expresiones del tipo «teoriquito», «ratón de biblioteca», para quedarnos con las menos ofensivas. Sin embargo, esta vez haremos una excepción para compartir la grata experiencia que acabamos de vivir.

Nos terminamos de un trancazo una entrevista hecha a Fidel Castro por Pat Mitchell, de la cadena de television CNN, titulada en formato de libro «Guerra fría. Alerta para un mundo unipolar» (Ocean Press, 2006, aunque la entrevista fue hecha el 19 de marzo de 1998). De inmediato, aún con el regusto de los últimos párrafos en que el líder de la revolución cubana habla del optimismo con que veía el futuro empezamos a leer otro pequeño libro titulado «Realidad y nostalgia de García Márquez», de la periodista Lídice Valenzuela (Editorial Pablo de la Torriente, La Habana, 1989).

¿Qué hay en estos libros que justifique que nos soprepongamos a nuestra aprehensión de hablar sobre los libros que estamos leyendo. Lo siguiente: la coincidencia de que en ambos libros se menciona a nuestro país, República Dominicana.

En la entrevista Fidel Castro, al hablar de militares que han asumido una posición patriótica y revolucionaria dice:

«Caamaño, en Santo Domingo, un militar, es el que levanta las fuerzas para restablecer el régimen constitucional; un militar muy progresista que derrota a los militares golpistas, a los militares reaccionarios, y el pueblo tuvo el poder casi en sus manos; armó el pueblo, una de las cosas más difíciles de conseguir en los militares de academia.

«¿Cuál es uno de los limitantes que he conocido en los militares de academia, aun cuando sean progresistas? La idea de que armar al pueblo es algo que les parece como un pecado terrible, que no debe hacerse. Caamaño, en medio de la contienda, armó el pueblo, y si no es por la intervención de Estados Unidos hubiera tenido lugar una revolución en Santo Domingo dirigida por los militares» (ob. cit. página 78).

La otra mención de República Dominicana (sería más apropiado decir insinuación a través de nuestra cinematografía), la del libro de Lídice Valenzuela, se halla en el capítulo que la autora dedica a su permanencia de ocho días en Cartagena de Indias, Colombia, en 1988. Valenzuela dice que en esa ciudad se celebra cada año «un Festival Internacional de Cine con una poderosa presencia latinoamericana. Varios sucesos de interés se producirían durante el foro. Uno, trascendente: la cinematografía dominicana se presentaba con su primer largometraje. «Pasaje de ida», de Agliberto Meléndez, (que) alcanzó el premio de la Ópera Prima. Mucha gente se preguntaba cómo era posible que, en 1988, la isla caribeña nunca antes hubiera realizado un largometraje». (Pág. 5).

Como pueden ver, tenemos motivos de sobra para no tragarnos solos la feliz coincidencia de esas menciones. Nuestro país es mucho más grande de los 48 448 kilómetros cuadrados que registran los mapas, y no pocos dominicanos no nos damos cuenta.

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